LA SOLEDAD DEL DOMADOR

Hace tiempo que no escribo en este blog. Supongo que me es difícil acorralar en unas cuantas palabras tanto desasosiego. He evitado enfrentarme a este espejo abstracto como quien evita reconocer que definitivamente tiene una mancha sospechosa en la piel. Uno intenta vivir conscientemente, saber lo que nos ocultan, evitar la manipulación. Pero llega un momento en que se rebasa el nivel de caos que uno puede aceptar a su alrededor.

Esta sensación no tiene que ver con las dificultades reales para sobrevivir que tiene en estos momentos mucha gente, que, de momento, no padezco - aunque sí reconozco en mi entorno - tiene que ver con el exceso de información y concretamente con el exceso de malas noticias que uno puede asimilar.

Cuando el sistema global se convierte en un teatro del absurdo, en un circo en el que países enteros hacen malabarismos y saltan a través de aros encendidos al son del silbato del domador financiero, bajando la cabeza leonina, sea ésta francesa, española, británica, portuguesa italiana o alemana (por hablar de los países que hasta ahora se consideraban dueños de sus destinos) entonces uno se pregunta cómo es que un sólo domador puede ejercer tal poder y a quién divertimos con nuestras humillantes piruetas. ¿Son hombres como nosotros? ¿Duermen? ¿Sueñan? ¿Son los mismos que deciden la destrucción del medio ambiente? ¿Son los que especulan con el hambre? ¿Los que deciden la ruina del planeta?

Otros dirán que la pregunta en sí misma es un ejercicio de soberbia. Me lo pregunto ahora, cuando el mundo europeo se derrumba. Llevarían razón. Pero la verdad es que, yo, Sandra, me lo he preguntado mucho antes, cuando nadie hablaba de crisis (en Europa, se entiende).

El sistema capitalista se ha convertido en un animal feroz, las víctimas hasta ahora, han sido países tercermundistas o en vías de desarrollo (que nunca llegaron a su estación), cuyas deudas crecían desmesuradamente y cuyos recursos se han ido expoliando para pagar estas deudas innecesarias y tramposas. Hoy, ahora, son los países “desarrollados” los que estan en capilla. Un grupo de mafiosos financieros domina el mundo. El capital se quiere comer a sí mismo. La economía productiva es un concepto que ya no interesa, únicamente interesan las ganancias, por sí mismas. De unos pocos, en perjuicio de todos.

Esto, que ya es complejo de imaginar para mi, que soy de letras, implica tal grado de deshumanización en determinados estratos sociales comparable al que permitía a un guardia de Buchewald cantarle una nana a su hija tras el trabajo de exterminio diario. El preso del campo de concentración era menos que un perro (mucho menos) para los verdugos. Eran chinches, garrapatas, una plaga a exterminar.

Para los financieros globales que deciden hoy sobre el destino de millones de personas somos más o menos eso, garrapatas. Si el mercado inmobiliario se viene abajo, invertirán y especularán con cereales, si ello implica la muerte, bienvenida sea (siempre y cuando sea la ajena). Cuando las estadísticas se mencionen en un documental, se apaga el televisor y listo. Si millones de personas se quedan sin trabajo, no es su problema. Se les educa de nuevo en la mentalidad del “vasallo” y se les enseña a agradecer las migajas de lo que antes fueron derechos conquistados. ¿Condiciones cada vez peores en el trabajo? Agradéce que al menos tienes trabajo...

El sueño de todo liberal que se precie.

Todo este panorama me apabulla, me deja sin respiración, me persigue todo el día como mi propia sombra y me doy cuenta de que procuro ver películas alegres, leer novelas o cuentos que nada tengan que ver con el presente y no pararme a escribir, porque implica pararme a pensar.

No sirve de nada, porque mi inconsciente me enfrenta cada noche a mis miedos y huídas.

Hoy he decidido sentarme a reflexionar en voz alta, por escrito. Como siempre, mi texto me parece pesimista. No quiero parecerlo, porque en el fondo creo que de la profunda fuerza de la unión de conciencias que todo este sinsentido está generando, nace la rebelión. Está por todas partes, es una pandemia contra la que la Organización Mundial de la Salud no tiene vacuna.

Ellos no se dan cuenta. Pero es su feroz carencia de imaginación la que extiende el virus. No se puede ser el único sano en un mundo de enfermos. No se puede generar una fortuna arruinando a todos los habitantes del planeta, por la sencilla razón de que al final, cuando la desesperación llega a su límite y nadie tiene nada que perder, a los verdugos es costumbre comérselos con patatas.

En espera del gran eructo satisfecho, me voy a la cama, compañeros, a leer otro cuentito de Maupassant.

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