LOS ANDRAJOS DE ESPAÑA


Michel Onfray (dibujo sobre tableta gráfica)
Leo y escucho a Michel Onfray, filósofo francés. Todo en él me impresiona: su indignación serena y cortés, su manera de ser y estar en el mundo, su intento de coherencia vital, su ego contenido pero desafiante, su inmensa facilidad de palabra, su inteligencia entrenada como los músculos de un atleta de élite. Me falta una figura paralela en este país que retrocede en todo, que le devuelve la influencia a esa España beata, ignorante y encubridora de delitos innombrables; este país que mutila los derechos que consiguieron hombres y mujeres rebeldes y esperanzados que soñaron con un país pensante y civilizado, este país que viste a sus chorizos y ladrones de ministros y consejeros delegados, a los que los actos traicionan y las palabras desnudan como lo que son, hombres y mujeres avaros de poder, cuya ética y sentido de la justicia, quedaron colgadas en el guardarropa de turno, junto al abrigo de pelo de camello forrado de satén. Estos son los hombres que dirigen el país. Este es nuestro capital. Un atajo de burócratas y altos funcionarios que consideran España su cortijo andaluz y que obedecen al capital, su verdadero superior, único jefe ante quien rendir cuentas, único altar ante quien arrodillarse y sacrificar ese ente vulgar y protestón, “el pueblo”. “Madre, yo al oro me inclino...” Todo lo que prometieron ha sido invalidado, la palabra dada y los programas con los que engañaron al confuso, ingenuo e ignorante pueblo cayeron en la mochila del olvido. Donde dije digo digo diego. Algunas voces se alzan en protesta, algunos movimientos siguen luchando diariamente, algunos indivíduos se atreven a confrontar la gran máquina de poder. Pero ésta ya se ha puesto en marcha y arrasará con todo como un bulldozer. Y encima creerán que han hecho lo correcto. Encima pensarán que actuaron con decencia. Porque la ética es como el ejercicio físico, cuanto más se fuerza, más fácil resulta forzarla, más se va integrando en la estructura cotidiana la infracción, hasta que forma parte del andamio que sustenta la vida, casi sin que nos demos cuenta. La monja que ocultaba el verdadero bebé a la madre natural, probablemente tuvo problemas de conciencia la primera vez. A la décima vez estaba convencida de que lo que hacía era moral, era ético. La víctima había sido investida de todo lo despreciable, por lo tanto era merecedora de ese castigo. Hoy, al cabo de los años, cuando todo ha salido a la luz y el mundo es otro, cuando se ve a sí misma fotografiada como lo que es, una mala bruja, estoy segura de que se preguntará a veces, cómo fue capaz de hacerlo. Su conciencia le responderá tranquilizadora “eran otros tiempos”. Solo que el tiempo no se divide en otros tiempos, es uno, continuo, como nosotros somos uno, día tras día, en el espejo. Los cambios van sucediéndose lentamente, de acuerdo a nuestras decisiones, tanto en el mundo como en el espejo; uno sigue buscando su yo de veinte años en el espejo y éste nos devuelve, un yo de setenta derrotado y perplejo, en el mejor de los casos, malévolo y corrupto, tras años de autoengaño y poder en el peor. Acaso la injusticia sea aún mayor, y estos chorizos e implacables legisladores de hoy, remedos modernos de aquéllas figuras sombrías de Dickens, que al amparo de la ley destruían cuanto tocaban, envejezcan como ancianos apacibles y benévolos, sin ningún cuadro oculto que rememore sus deplorables acciones. Ni siquiera su memoria ejercerá de conciencia, ya que la mayor parte de las veces, se pierde en el camino, como se pierden la luz y la certeza de la bondad del hombre. Ni Carrillo se acordaba de Paracuellos, ni Rajoy se acordará de las miles de personas a las que condena hoy a la indigencia, ni Gallardón reconocerá como suyas las leyes retrógradas e injustas que hoy impone, ni Aznar la guerra a la que jugó como quien juega al parchís.. Vivirán cómodamente de la pensión vitalicia, que creerán haberse merecido, con toda justicia, por servir bien a su país, aunque de éste no queden sino andrajos.

Comentarios

  1. Brillante descripción la que haces de Michel Onfray (aprovecho la ocasión para sugerir a posibles lectores la lectura de su "Tratado de ateología").
    Siento mi indignación hermana de la tuya, y aunque tanto mis palabras como las tuyas se las llevará el viento (yo también soy un pésimo pesimista), he querido dejar constancia de que el viento ha traído las tuyas hasta mí procurándome una alentadora satisfacción, la misma que nos brinda la lectura de Onfray.
    Un saludo.

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