CITA CON MICHAEL HANEKE


"Amor" de Michael Haneke es una obra contundente, delicada, descarnada, ineludible.  Es un poema, además.  Es el retrato del amor con mayúsculas, ese que dura hasta los últimos minutos del amado.  Ese en el que se sigue amando, a través de la niebla cada vez más espesa de miserias humanas que va ocultando el rostro de siempre y lo va convirtiendo en un fantasma deforme de lo que fue.  

Retratar este tipo de historia, resulta arriesgado.  Nadie quiere ver en la pantalla lo que sin duda será su propio futuro, en el mejor de los casos.  (No olvidemos que la pareja se sigue queriendo).   Haneke, ese quijote nórdico y coqueto, es casi dulce en este film, el deterioro y la muerte se dan en las mejores condiciones posibles,  en un entorno de amor y un nivel social en el que los protagonistas se pueden permitir una caída digna.  Podría haber sido mucho peor.  No nos ha querido espantar. 

Sin embargo, esta película nos deja sin respiración, nos clava ante un espejo y nos damos cuenta que pocas veces un director de cine ha conseguido producir semejante impacto psicológico en el espectador.  Nos enfrenta, ni mas ni menos, que a nuestra propia muerte. Eso que preside nuestra vida pero de lo que no se habla.  Eso que le sucede a otros, ocasionalmente, hasta el momento en que nuestros viejitos empiezan a hablar del tema, a tratarlo con familiaridad, a preparar su despedida.  

Los jóvenes no la querrán ver, porque las historias de ancianos no suelen incumbirles; los ancianos no la querrán ver, porque sospechan que les incumbe demasiado y los que estamos en una edad intermedia, la tememos, porque vemos el proceso en nuestros padres y empezamos a divisar nuestro propio destino.  

Pese a lo cual, es una película que no puede dejar de verse.  Es una obra de arte suprema que inmortalizará a su director y a sus actores.  Es un retrato de una honestidad tal que el espectador no podrá limpiarse las imágenes a la salida del cine para ir a tomarse unos churros en la cafetería más cercana, saldrá pensando en la realidad tangible de su propia muerte, cómo será, cómo sucederá.  No es una película de entretenimiento, es una obra filosófica.  Uno sale convencido de que la vejez y sus humillaciones son razones suficientes para no creer en Diós, si es que hubo alguna razón, alguna vez.  Cuando menos, servirá para que pensemos en la posibilidad de discutir la eutanasia, esa muerte digna que reservamos a nuestros perros pero a la que no podemos recurrir cuando nuestros seres humanos, queridos, han perdido todo deseo de vivir y no son más que sombras dolorosas que imploran una ayuda externa para bien morir.  

La ternura es tal vez la gran contrapartida en este retrato desnudo de la vejez.  Magnífica sustituta de lo que una vez fue sexo,  la ternura se convierte en el gran pilar que sostiene toda la estructura de la obra y de la vida.  Hasta los ocasionales y comprensibles momentos de violencia le dan incluso más credibilidad a esta historia universal de amor, amor del bueno; del que existe; del que todos buscamos y algunos encontramos; del que nunca termina, lamento decirlo, comiendo perdices, sino, en el mejor de los casos, peinando amorosamente la escasa cabellera del amado con un peine de carey.

Comentarios

  1. Me parece a mí que, más que la muerte en sí (ese no estado tan absoluto como impensable), es la descomposición, la progresiva y definitiva pérdida de todo cuanto constituyó nuestras vidas lo que, finalmente, nos sume en una tristeza que rebasa los límites de nuestra resistencia.
    No he visto la película, pero, con seguridad, la veré tarde o temprano.

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  2. Si, es ese período previo a la muerte. Es duro incluso imaginarlo.

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  3. Deberían proyectarla en el Congreso, ahora que sus señorías están recortando la vida a quienes menos les queda.

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