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AMORES PERROS


Hay perros y perros.  Los hay pequeños y nerviosos, melenudos y pachones, medianos de buen talante o emperadores soberbios.  Hay perros que nunca se han mirado en un espejo y creen que son tan peligrosos como el pitbull del macarra de turno; conozco a uno al que apenas le quedan dientes, anciano y pequeñajo, que gasta carácter agrio, pendenciero y suicida, hasta con pastor alemán que tenga la desgracia de cruzarse en su camino.  Conozco galgos etéreos como palomas, yorkshires juguetones e incansables, podencos de una inocencia rubia, Golden Retrievers que sonríen y te hacen sonreír de vuelta, pastores lanudos en los que te querrías acurrucar como en una cama.  Los hay juguetones, tiernos, altivos, luchadores, elegantes, destructivos, violentos, competitivos, tiranos, cabezotas y vividores. Hay de todo.

Un perro para cada ser humano.  Una ayuda para vivir que la naturaleza puso a nuestra disposición, sin duda por piedad, viéndonos seres tan necesitados de guía y de apoyo psíquico.  De ahí que no podamos vivir sin ellos, de ahí que cualquier amo se derrita en el chocolate profundo de las pupilas de su perro.  De ahí que sus pequeñas muertes nos dejen indefensos, perdidos, vulnerables y por ello corramos al poco tiempo a conseguir otro perro que nos ayude a vivir, jurándonos internamente que no sustituirá al ausente, que será otro amor, de otra manera, otro individuo, otra entrega pero jamás el olvido. 

Y uno empieza a recomponer su estructura maltrecha tras la muerte de ese pequeño ser luminoso, dudando si llorará tanto la muerte de familiares y amigos.  Porque el amor perruno – en contraste con el humano - es claro como una cala de Menorca, ningún alga enturbia la relación con su amo, ningún rencor la ensombrece.  Es un gran edificio de ternura en el que nos acostumbramos a vivir y del que nos nutrimos para defendernos de la sociedad absurda que hemos creado y que cada día nos asusta más.

El perro impone un orden en la vida de su amo, le saca a pasear, le anima en cuanto sospecha depresión o problema, le hace salir de sí mismo, relacionarse con otros seres humanos, hacer ejercicio, volver a la infancia para jugar con pelotas y peluches, le hace feliz, en la medida de sus posibilidades.  Una pequeña burbuja de cariño; incluso para el más solitario y rechazado de los hombres hay un cariño de perro esperando paciente su turno y su momento.

No existe dios, porque, como decía alguien, si existiera, se notaría.  Sin embargo el hecho de que existan los perros y que nos acompañen a pesar de ser como somos, que nos perdonen como especie las barbaridades que algunos seres humanos les inflingen, que nos sigan al infierno, si es allí donde vamos, que nos acunen con su mirada y nos protejan, me hace dudar si, de haber algún dios, no será canino.  Y es que no puedo imaginar mejor paraíso que aquél en donde me encuentre con mis animales perdidos, ni peor infierno que un mundo sin perros.  Sé, positivamente, que no hay “más allá” que la memoria, ni más dios que esta naturaleza generosa que se apiadó de la soledad intrínseca del hombre y creó para él un compañero.

Nos sostenemos, como especie, en un amoroso bastón de cuatro patas. Algún día habrá que agradecerles tanto esfuerzo.

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