WHERE HAVE ALL THE YOUNG MEN GONE?

Pete Seeger

Hay seres humanos mágicos que, cuando se van, nos dejan frágiles e inestables, supongo que como nos debimos sentir la primera vez que aprendiendo a andar, nuestros padres soltaron la mano.

Estos seres tocados por la gracia de una fe inquebrantable en el poder de una causa, luchan toda la vida, individualmente, colectivamente, enfebrecidamente, contagiando su entusiasmo como una gripe,  que nos trocara en seres conscientes  e indignados en lugar de masa harta e inmóvil.  Son luminosos como faros y por eso les seguimos, hipnotizados por la seguridad que destilan, cautivados por el discurso que es el nuestro, pero que nunca creímos realmente hasta que ellos nos convencieron con sus actos.   Nos acompañan a lo largo del tiempo que comparten con nuestro tiempo, se convierten en símbolos, tras haber sido atacados y vilipendiados.  Pero siguen, diez años; siguen, veinte años; siguen: treinta años,  cuarenta.  Sufren las mismas humillaciones que el cuerpo y los años deparan a cualquiera, pero siguen, con la conciencia clara de que la coherencia de su vida  y sus principios, conforman un muro infranqueable.  Finalmente, un día nos dejan causando en nuestras vidas una sensación de desamparo, de hueco, de línea cortada, de cable seccionado.

Un jovencísimo Pete Seeger ha muerto hace unos días.  Pero con él no se va una época mejor que la que estamos viviendo, sino una similar o peor. Tenía la edad de mi padre, 94 años, un hombre joven, porque la juventud real no consta de piel lisa, pechos altos y músculos a tono, la juventud verdadera se mantiene a medida que envejecemos sosteniendo la estructura de nuestras convicciones contra el viento y la marea de este mundo que los humanos tan a menudo convertimos en estercolero.  En ese estercolero metafórico, un hombre joven de 94 años, se agacha para recoger, una por una, cada basura que enturbia la tierra heredada y malherida, con la convicción de que, un día, si muchos se agachan como él, la tierra estará limpia.  Esa juventud es la que quiero.

No me importa envejecer en el espejo tanto como me importa llegar a la indiferencia total de pensamiento y acto, a la parálisis empática  con el destino de los hombres de esta época.  Esa es la verdadera vejez, no la epidérmica.  

Sé de alguien que cobraba – si sigue vivo – mucho dinero de las tabacaleras por afirmar en artículos médicos que el tabaco no causaba cáncer ninguno.  Era el director del departamento de Patología de un gran hospital norteamericano.  Debe estar muerto a estas alturas, de cáncer: ironías de la muerte.  No de pulmón o esófago (hubiera sido un acto de justicia) sino de colon (lo cual parece más una broma pesada).

Cuando el grupo con el que Pete Seeger cantaba quiso grabar una publicidad para una marca de cigarrillos, Pete abandonó el grupo.  Los compañeros quisieron disuadirle diciéndole que no se comprometían demasiado y “hacía falta el dinero”.  “Si” dijo él, “pero no tanto”.

Ese sencillo ejemplo me hace pensar en la cantidad de veces que la excusa del dinero nos hace tragar realidades intragables, nos hace aceptar la situación del país en que vivimos como una vergüenza ajena, aunque sea propia; nos hace descender en los peldaños de la dignidad adquirida para nosotros por los que lucharon previamente; nos hace aislarnos del esfuerzo común por no perder un trabajo, una situación de poder, una influencia o porque “hace falta el dinero”.

Tendríamos que ensayar ante el espejo, en lugar de maquillarnos las arrugas, a verbalizar, como él, serenamente, ese puñado de palabras decisivas, para cuando nuestra ética estructural se encuentre entre la espada y la pared, por falta de dinero, influencia, posición o puesto deseado.

 “Hace falta, sí: pero no tanto”.


documental biográfico sobre Pete Seeger

Comentarios

  1. Siempre me emocionan y sorprenden tus escritos. Leerte es un placer muy rentable para la sensibilidad y la conciencia. Gracias por escribir cosas tan bellas y tan ciertas.

    Salud!

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