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EL TABURETE DE FRANCIS BACON



Siempre me he preguntado cómo determinadas obras de arte consiguen derribar, como un misil, la estructura que hemos edificado cuidadosamente para poder vivir.

Si nuestro pensamiento está estructurado y construido básicamente sobre el lenguaje: ¿Cómo es que una imagen puede concentrar miles de experiencias comunes y llegar, como una flecha, a insertarse en el centro mismo de nuestra sensibilidad, expandiéndose en significados primitivos, pero sofisticadamente cerebrales e íntimos? Como un olor, que llegara por un atajo al núcleo del ser, sin pasar por la razón.

Estoy hablando de Bacon, naturalmente.

Sin haber vivido una realidad violenta, sin haber experimentado el placer sadomasoquista (o al menos no tan literalmente como para volver a veces con la cara hecha un cuadro como él); sin haber sido gay en un tiempo en el que todavía ser homosexual significaba estar fuera de la ley, puedo, sin embargo, entrar en muchos de sus cuadros, sentarme en ese escueto taburete y reconocerme bajo la bombilla (que pende de un hilo con más apariencia de soga que de cable eléctrico) habitando esa oscuridad desnuda en la que todo hombre o mujer se sienta alguna vez y se mira al espejo sin un ápice de piedad, viendo lo que es y lo que va a ser, aceptando la perplejidad que le produce el hecho de su propia existencia y su futura muerte y terminando por adoptar esa expresión entre resignación, conocimiento y desesperanza que tienen sus autorretratos.

He visto dos grandes exposiciones de Francis Bacon y de las dos salí con algo encapsulado en la garganta, algo frío y húmedo que me impedía respirar del todo bien, una especie de pre-experiencia del vacío, una visión del esqueleto de la existencia o de la existencia del esqueleto, no sé.

Recuerdo el momento en que, recorriendo una retrospectiva, descubrí las sombras profundamente negras repartidas aquí y allá dentro de los cuerpos o los rostros devastados por su pincel. Me quedé mucho tiempo mirándolas, mentalmente clavada en su misterio.  Reconocí en ellos algo desnudamente humano.  Eran sombras en las que el protagonista o la escena, se deshacían de golpe, dejando un paréntesis de espacio inexplicado, en el que el espectador perdía pié, sumergiéndose en el agua del acuario baconiano casi sin darse cuenta. 

El proceso era tan eficaz, que cuando salimos de la exposición, algo nos había hecho más fuertes o más débiles.  Algo se había tenido que recomponer o re-situar para poder seguir adelante, para seguir viviendo, sabiendo lo sabido. Me acuerdo que al salir de la exposición de El Prado, el aire parecía más cristalino y respiré como quien es rescatado de un zulo.  Pero amé profundamente el dolor de Bacon.

Y no obstante, estoy segura de que era un hombre relativamente alegre, amable, sensual, vividor. Probablemente se reía a menudo.  Es curioso cómo la obra de un artista puede hacerse cargo de lo que, de otro modo, podría destruir psicológicamente al ser que la produce.

Muchos reconocemos, aunque no lo queramos, en esas salas vacías, en esos cubículos transparentes, mezcla de plataforma de boxeo y celda de interrogación, la metáfora mejor lograda de la soledad intrínseca de cada ser consciente.

Nos asustan, nos producen rechazo y hasta pánico, esas formas deshechas pero humanas que las habitan; esos personajes incomprensibles que ignoran al espectador, inmersas en un ritual bárbaro de autodestrucción, a veces;  interactuando incomprensiblemente como pájaros exóticos en un zoo de cristal, otras.

No queremos asomarnos al espejo trucado que nos propone. Pero somos nosotros lo que vemos, mirando desde dentro y desde fuera, fundiéndonos en un reconocimiento visceral, no deseado.

Somos la misma cosa . Y nos damos cuenta.

Tres estudios para una Crucifixión (Francis Bacon)

Comentarios

  1. Hay que decirle a todas las personas que se dediquen a escribir críticas de obras de arte que se callen un momento, que ''vengan'', que lean esto, y que después, si se atreven, si lo notan, vuelvan al trabajo.

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  2. Me ha gustado mucho este artículo.

    Muchas veces me he preguntado lo mismo “¿Cómo es que una imagen puede concentrar miles de experiencias comunes y llegar, como una flecha, a insertarse en el centro mismo de nuestra sensibilidad, expandiéndose en significados primitivos, pero sofisticadamente cerebrales e íntimos? Como un olor, que llegara por un atajo al núcleo del ser, sin pasar por la razón.”

    El reconocimiento, por parte de nuestro subconsciente, de nuestras emociones, fruto y distorsionadas por el recuerdo, imaginativo o no, por esa belleza dionisíaca que hemos ido formando en nuestro cuarto oscuro y del que por una pequeña hendidura la imagen observada se cuela en nuestro interior, como un haz de luz, revelándonos una visión, la nuestra.

    A veces, una frase, de un buen libro, me produce el mismo efecto que una imagen, que un olor: ordena ciertas partes esparcidas, migas de conocimiento, otorgándoles profundidad, convirtiéndolas en un todo, en una llave que me permite ahondar mucho más y conocer otro tanto en medio de una revelación instantánea.

    Como bien dices “nos damos cuenta”


    F.A.

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