EL MITO DEL AVESTRUZ

foto:Trisha M Shears
Supongo que el mundo se divide entre los que quieren saber y los que no.  Imagino que ambos tienen sus razones. 

La avalancha de información es tal y de tal calibre que comprendo a los que se meten es su caparazón y encogen los ojos delicados.  No es fácil mirar lo que se  nos viene encima.  Y después la vida diaria sigue y ¿de qué sirve enterarse de tanta noticia infame? Hay que vivir, como si todo fuera bien. Domani non verrá.  Amargarse no sirve de nada.

Eso es verdad y no lo es, al mismo tiempo.  Amargarse quiere decir disgustarse, una palabra algo pasada, ¿no?. A su vez, disgusto quiere decir fastidio, tedio o enfado que causa alguien o algo.  

Aquí es donde el que mira, se informa y enfrenta la realidad, termina por sentir ese enfado, o mejor dicho, cabreo, cuando se entera, por ejemplo, de que de 700 personas en el Tribunal de Cuentas, 100 son enchufados; cuando lee que en este país hay la friolera de 10.000 aforados (no vaya a ser que cualquier ciudadano normal se crea con la capacidad de pedir explicaciones jurídicas a los elegidos).  Cabreo cuando ve que se sacan a la luz los cadáveres de la corrupción y se les vuelve a atar una piedra al cuerpo para que se hundan y no apesten al personal, que está muy ocupado gobernando el país.  Cuando comprueba que se está cercando al ciudadano de a pie, espiándole, vigilándole y acorralándole, hasta el punto de que pronto la ley será su enemigo; algo no demasiado excepcional, por otra parte. Las leyes las diseñan los que tienen en sus manos el poder.

Qué le vamos a hacer, estas cosas, enfadan. 

Pero el enfado es un buen motor y si leemos historia veremos que sólo gracias al “enfado” se han ido cambiando las cosas.  Una vez cambiadas, eso sí, las disfrutan los dos tipos de personas, las que no quisieron saber y las que sí.

El avestruz, etimológicamente “gorrión-camello”, falso ejemplo del que no quiere ver,  hace uso de un arma mucho más poderosa que la de esconder la cabeza en la tierra (mito que esconde el intento de querer parecer un arbusto) y es que usa sus espléndidas patas para correr a una velocidad de hasta 90 km por hora y agotar al depredador más “pintao” o darle una coz avícola con la potencia de un abrazo de Schwarzeneger al que le mente a la madre sin respeto. No en vano es el ave más pesada del mundo que ha subsistido hasta hoy. 

Yo quiero creer que sigue existiendo porque su largo cuello de modelo pasadita y su altura (llegan a tener 3 metros) le han ayudado a verlas venir, sus patas a poner pies en polvorosa y su cerebro a indignarse y actuar cuando la amenaza resultaba demasiado peligrosa  (siempre recordaré la escena del avestruz contando sus huevos tras correr a gorrazos al que intentaba arrebatárselos en Los Dioses deben estar locos).

Aprendamos de la realidad y no del mito que inventamos sobre la cobardía del avestruz y alarguemos el cuello inquisitivo, para evaluar la situación y actuar en consecuencia, mirando los peligros de frente y a los ojos, entrenemos las patas poderosas y cuando el enfado sea insuperable, podremos propinar un patadón épico en los testículos del león o del político que tenga el descaro de considerarnos desayuno.

Comentarios

  1. Espléndido artículo! Un respeto por los animales, ninguno de ellos merece ser utilizado como símbolo de las atrocidades perpetradas por los llamados seres humanos.

    Saludos.

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  2. Una guerra que no entiende de batallas, pues cada una de ellas refleja lo que somos, lo que fuimos. ¿Ser un avestruz? Quizá un tiempo en una longitud corta junto al caminante en su mayor tiempo.

    Felicitaciones por el artículo.

    F.A.

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