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EL HOMBRE PERFECTO

La mitad de la cabeza medio enterrada entre las almohadas, Alia abrió los ojos y volvió a mirarle. Nada masculino le había parecido más impactante, más bello, más deseado.  En la misma cama, a centímetros de ella, dormía él, abandonadamente, después de haber formado parte de su cuerpo y haberse separado de ella, tras horas de sudores compartidos, como quien recupera una identidad perdida, dejándola feliz y dolorida; mujer plena y satisfecha.

Le miró despacio, recorriendo cada centímetro de piel, cada pliegue, deteniéndose en el pelo oscuro que también había besado aquella noche, en la boca, en cada brazo, en el sexo (pequeño ahora, dormido, como él) y se sintió la mujer más afortunada de la tierra. 

Había tardado, si, en llegar a este momento, pero al fin estaba en su misma cama. Había tenido que besar muchos sapos hasta llegar aquí y ninguno se había convertido en príncipe, claro que ella tampoco era una princesa, "sensu stricto" y a decir verdad, no buscaba un príncipe, buscaba un compañero, pero resultaba tan difícil de encontrar como el príncipe, eso seguro.  Con algunos había conservado una cierta amistad, de otros mejor ni acordarse, ninguno le había servido para construir su vida más allá de algunos polvos.  Pero con éste la vida iba a cambiar radicalmente:  había llegado para quedarse.

Era una mujer hermosa, bella, todas las mujeres de la familia lo eran; rubias, pómulos altos, boca sensual; pero también tenían una inclinación importuna al sobrepeso y eso había lastrado la relación de todas con los hombres en un país tan absurdamente machista y sexual como Argentina, hasta el punto de que se habían convencido de que tenían un “karma” con los hombres. Fuera lo que fuere el dichoso “karma", la frase en sí misma ya las condicionaba.  Una familia de hembras sin machos.   Ella, de hecho, jamás había tenido un novio estando allí.  Tuvo que salir del país para empezar a tener relaciones y para vivir, puestos a ser sinceros.

El mundo se había rendido a su simpatía, a su optimismo, su risa era un imán para padres, amigas, jefes, niños, vecinos y colegas. Su capacidad de trabajo la había llevado a todas partes, trabajando en los puestos más inverosímiles.  Vivir se le daba bien.  Tenía amigos hasta en el infierno.  Pero las relaciones sentimentales con los hombres eran otra cosa.  Tampoco los de Italia, España o Inglaterra, se libraban de buscar en cada mujer unas medidas perfectas, muñecas que llevar al lado y cuya talla calificara su virilidad como una insignia. Pero su ansia de vivir feliz, a prueba de fracasos, a prueba de hombres necios,  había conseguido traerla hasta esta cama y hasta este macho a quien no le importaban unas tetas grandes, es más, le gustaban, viviría gustosamente con y en ellas, si de él dependiera.

Volvió a cerrar los ojos agotada y sonrió. Había merecido la pena. Todo había merecido maravillosamente la pena. Todo por tener, a solas, a este moreno de sal y luna a su lado, por sentir su piel tibia, por escuchar el susurro de su respiración marina mariposearle la piel del brazo suavemente, como un beso hecho con aire del ser amado.

La enfermera entró y se acercó a la cama: hora de comer; cogió al bebe con suavidad y lo puso sobre el gran pezón de su madre, al que el niño se agarró con fuerza y del que empezó a succionar como un autómata.  Faltaba mucho aún para que empezara a exigir a otras mujeres tallas y cinturas, piernas largas y pieles perfectas; de momento y para él, ésta era, con diferencia, la teta más gloriosa y perfecta de su recién estrenado universo.

Comentarios

  1. Que bueno!!!! de donde lo has sacado? o lo han escrito para ti? el que lo sigue lo consigue, eres ímpetu, constancia, oceano unas veces luminoso y otras tenebroso, pero siempre acogedor.
    un fuerte abrazo Eva

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  2. Me encantó!! Felicitaciones !

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  3. Me encantó!! Felicitaciones !

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