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LA CENA

Se sentaron a la mesa del restaurante medio vacío.

El hombre más joven era alto y delgado, con un rostro algo huesudo. Una barba recortada con precisión le silueteaba la mandíbula y una desigualdad asimétrica de las cejas elevaba una de ellas en una expresión involuntaria e inconsciente de fastidio. No era, estrictamente hablando, un hombre guapo; pero era un conjunto de huesos, movimiento y actitud elegantes. Era un hombre grácil cuyo hermetismo facial se derrumbaba apaciblemente cuando algo le hacía sonreír, momento en el que una ternura solícita le asomaba a los ojos melancólicos.

El otro parecía algo mayor, algo más insignificante y miraba insistentemente el plato aún vacío, eludiendo los intentos discretos de su acompañante por retener su mirada. Estaba evidentemente avergonzado y tremendamente incómodo. En el restaurante no había más de tres personas cenando y la falta de ruido acentuaba su sensación de estar donde no debía estar, de ser un personaje absurdo en una mala novela americana, de estar viviendo una experiencia destinada a otro tipo de hombre, más apuesto que él, menos cobarde. 

Pero el joven no se rendía y apenas se acercaba a conseguir iniciar algún diálogo, la sonrisa aparecía iluminando la sala entera, una sonrisa en la que cualquiera se hubiera quedado a vivir gustosamente.  Pero el mayor bajaba la mirada nerviosa, retomando su posición de espera, mirando insistentemente el mantel, la servilleta, lo que fuera por eludir el encuentro, frotándose el sudor de las manos en el pantalón arrugado y barato, quebrando con su actitud la delicada construcción que había ido edificando su interlocutor para atraerle.

Pidieron un buen vino. El joven lo estudió minuciosamente cuando lo trajeron, sirvió a su compañero y se sirvió, hundiendo la nariz en la copa, haciendo que el vino girara en ella para desprender el olor que, obviamente, entendía.

Hizo algún comentario aprovechando cada plato típico francés que había pedido para impresionar al turista americano, intentando llenar el vacío que cada segundo se iba solidificando como una espesa gelatina entre los dos. Pero de nuevo el mayor respondió con apenas un murmullo, escondiéndose esta vez en el segundo plato, que comió angustiosamente, como si comer fuera la única actividad permitida, como si hablar con el hombre cuyo cuerpo había recorrido con ansiedad y violencia hacía un par de horas, fuera ya, un acto prohibido y vergonzante.

Pasaron así el resto de la cena, en un silencio cortado apenas por algún comentario desesperado y tenso, cada uno en la orilla opuesta de un abismo que se iba excavando más con cada segundo transcurrido, preguntándose, cada quien a su manera, en qué tercera dimensión se habían entrechocado sus átomos esa tarde. 

Cuando llegó la cuenta y la hubieron pagado amigablemente a medias, ambos miraron hacia la diagonal que eludía al otro para siempre; como dos buques que cruzaran su ruta en medio de la noche, intentando perturbar apenas la mutua trayectoria. 
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Se sentaron a la mesa del restaurante medio vacío.

Vino, hay que pedir algo, se me está yendo, ¡se me está escapando! No me gustan las cosas así. Cenar juntos, pero qué imbécil. ¿Por qué tuve que decirlo?  Se folla y ya está.  ¡Pero tuve que sugerirlo! ¡Maldita cortesía!  Bueno, es profesor de literatura, de algo podremos hablar; da clases en la universidad, sí pero en una americana, no es lo mismo. ¿Por qué lo voy a negar? Para mi no es lo mismo. Pero me atrae un cierto parecido. Tengo que intentarlo.
¿Pedimos un vino?
No entiende nada de vinos; cualquiera le parecerá bueno.  Qué desperdicio. Pero ahí está el gesto, igual que lo hacía él y esa especie de timidez.  Esa mandíbula. No es él, pero hay algo... Tiene ese aire hermético. Él está muerto, no está. ¡Tienes que metértelo en la cabeza!.
¿Alguna preferencia? Château de Beaucastel entonces, por favor.
¿Así que das clases de literatura?  ¿Escribes también? Bueno, no sé...  Uno tiene la idea de que los profesores de literatura son escritores frustrados. Algo así como los críticos de arte.  Una tontería.  Yo trabajo para una empresa italiana.  ¿Por qué en moda? No, no, soy un empleado cara al público.  Pero un público minoritario, eso sí. Me encargo de organizar viajes especiales: safaris, expediciones, visitas a lugares exclusivos, cosas así. Sí, por supuesto, para gente con mucha pasta.
Supongo que lo de hace un rato ha sido como comprar otro perro de la misma raza que el que ha muerto; solo que al perro lo vuelves a querer como al anterior.  Me jodiste con rabia, cabrón, con ansiedad y lo sabes; pero eras torpe, no tenías ni idea de cómo hacerlo. Los indecisos sois lo peor. La carta. Por fin. Tiene miedo.  !Me tiene miedo! ¿Por qué? Sonríe, sé un poco más cálido, no le asustes.
Un boeuf bourgignon. Yo creo que irá de maravilla con el vino. ¿Te parece?
¿Le molestará que escoja por los dos? No dice nada. No le gustan los perros. Debería descartarlo sólo por eso.  Jamás volveré a dejar a Ron encerrado en la cocina.  Eso fue una traición.  Por lo menos a éste no le ha molestado que estuviera suelto por la casa.  Después de follar parecía otro hombre. Pero no me mira a los ojos, evita mirarme. ¿Pensará que soy un accidente? No hay manera de que se relaje, ni siquiera en una conversación tan poco peligrosa.  ¿Por qué le he vuelto a sonreír así? Probablemente no pierdo nada si se va, pero no aguanto que se vayan.  Se van, todos se van al final.  Hasta tú te fuiste...me abandonaste en cierto modo. Te dejaste ir. No, perdona, mi amor. Ya sé que no fue así. Este hombre... debo ser poco para su cerebro.  Me recordó a ti, qué le voy a hacer.  Me hubiera gustado que me pegara, ¿me hubiera gustado? pero no me atreví, no en la primera cita.  Además, nunca se sabe, puedes dar con un sádico y no con un hombre que entienda el juego.  ¿Por qué siempre me engancho con gente que no me gusta? ¿Qué me gusta de lo que no me gusta? Hay algo sórdido en mi manera de buscarte en todo el que se te parezca.  Tengo que aceptar tu muerte.  Este hombre es quien es, un intelectual al estilo americano. Yo sólo soy un cuerpo; amputado de ti, incompleto, vacío.
Si, conozco el restaurante desde hace años.  Solía venir a menudo. Hace tiempo ya... ¿Te gusta?

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¡Diós, diós! ¿qué pinto yo aquí? Este tío se cree que soy gay. Hace un rato eras gay...¡Eso ha sido una excepción! Una vez... Bueno, reconócelo, no sólo una vez...  ¡No lo soy! Me sudan las manos y tengo el pantalón arrugado.  Mierda de sudor.  Los tipos como él no sudan, está claro.  La gente debe notar que hemos follado.  ¿Me habré peinado bien? No tenías que haberlo hecho. Pasarse las manos por el pelo mirándose en el espejo es un síntoma clarísimo de inseguridad.  No siempre.  Es tan elegante que debe estar riéndose de mi.  Soy lo que jamás miraría por la calle.  ¿Por qué me ha elegido?  Es más: ¿Por qué quiere que cenemos juntos? Si Anne me viera...¿Y si me he contagiado de algo? Se ve que debe follar mucho. Eso se nota en la actitud. Y a mi se me debe notar que hace meses que ni por el forro. Es atractivo, tiene algo aristocrático. No es una loca: es un gay amanerado, pero discreto y tiene estilo, algo que yo nunca tendré.  ¡Tengo hijos! ¿Y qué? No voy a ser ni el primero ni el último ¿Cuántas veces lo he imaginado, miles? Porque con aquél chapero no fue lo mismo: fue una compra, un negocio: pagas y haces lo que quieres o más bien lo que te permite el dinero. Algo vulgar. Sórdido. Peligroso incluso. Si, si, pero me puso. Esto es diferente, éste es un elegido, pertenece a otra casta, la ropa le sienta como un guante; mírale, parece un diseñador de moda. Me recuerda al hombre del anuncio de la bicicleta.  Gente bella.  El mundo está hecho para ellos.  No como yo; todo parece viejo si me lo pongo yo. Es increíblemente elegante. Si me vieran con él... Un cisne con un ratón.  No, en otra vida. En ésta eres lo que eres. Tener una pareja gay...Lo he dicho. Lo he pensado.  ¡No puedo haberlo pensado!  ¡Diós qué cuerpo, qué culo tenía!  ¿Puede haber algo tan bello como un culo así? Parece imposible tener una piel como esa, unas curvas tan perfectas, estar tan tranquilo desnudo como vestido.  Me gustaría sentir esa sensación al menos una vez en la vida.
Si, claro, pidamos un vino. Hombre, de vez en cuando tomo vino, no soy tan americano...Los europeos tenéis muchos prejuicios con respecto a nosotros. No estamos bebiendo siempre coca cola. Pero he de admitir que mucho de vinos no entiendo, así que escoge tu.
En realidad no me gusta el vino, hubiera pedido cerveza, pero no me atrevo.  No sé qué le ven los franceses al vino.  Pero no puedo quedar como un patán. Encima se cree que soy un intelectual.  Hace meses que no leo un libro; no hago más que pasearme por internet y ver series. No alimento siquiera el único aliciente que podría tener acercarse a mi persona.  Soy una farsa. Un agujero negro.  (Eso desde luego).  Qué chiste de mal gusto.  Y encima me duelen las hemorroides. ¡Qué saco de miseria! Pero entonces: ¿por qué me ligó él a mí?  Porque fue él quien se acercó,  eso está claro.  No podías creértelo, pero se acercó él.  ¿Tendré algún encanto oculto? ¿Así que no soy lo que pensabas, madre?  Te quedarías a cuadros si apareciese con él.  Todos os quedaríais boquiabiertos si volviera a casa con él.  Dejarte pegada en la pared, madre; de indignación y asombro.  Pacata, ignorante y mediocre hasta la médula, pero, eso sí, siempre despreciándome: a mí y a papá. ¿Cómo pudo soportarte tantos años? Seguro que el cáncer se lo provocaste tu. Tu y tu amargura espesa como un concentrado de tomate.  ¿Qué harías si apareciese con él? ¿Y tu, Anne? No, a ti no quiero hacerte daño. Te quiero, cariño.  Esto es diferente.  Pero no hay nada que hacer, es obvio que se ha equivocado y está incómodo.  Menos mal que nadie nos ha visto.  Bueno, por fin la comida.
No, no escribo. Sólo enseño literatura a adolescentes. Si, literatura anglosajona moderna, Amis, Rushdie, Burgess, Heany, esas cosas. Sí, de los años veinte hasta ahora. No, no suele interesarles en absoluto.  Pero de vez en cuando encuentras uno que sí, se interesa, quiere ser escritor. No se da cuenta que la literatura está muerta, o en vías de extinción. La gente no lee nada que exceda de tres o cuatro lineas. Internet se ha cargado la literatura.  Bueno, puede sonar un poco exagerado, si.
Escribo, pero nada que merezca la pena, hoja tras hoja con inicios, nada más que inicios. No desembocan en nada. Son como yo, callejones sin salida.  Pero sé disimular cuando entran Anne o los chicos, abro un texto de hace años y después sigo viendo porno. No tengo talento, nada que decir. Ganarme la vida mediocremente, eso es lo que hago. Soportar a mi madre, eso es lo que hago. Engañar a mi pobre mujer, eso es lo que hago. Esta cena es lo más absurdo que he hecho en mi vida, cuanto antes terminemos, antes acabará la tortura. Un hombre así no es para mi.
¿Y tu, en qué trabajas? El mundo de la moda, supongo.  Bueno, no sé, te pega.  Por cómo vistes...¿Organizas viajes exclusivos? ¡Qué interesante!
¿Se puede decir algo más estúpido? Ni siquiera el vino me ha hecho buen conversador, va a pensar que soy un pobre diablo y es lo que soy. Di algo, llena el vacío. No se me ocurre nada. Bueno, come. No alces la mirada. No te encuentres con él. Hubiera preferido una hamburguesa. Estos platos por la noche son demasiado pesados. Mañana lo pagaré, eso seguro.
Sí, excelente la carne. ¿Postre? no, casi prefiero que no; hay que cuidarse un poco. Sí, ya sé. Debería hacer más ejercicio. Mis padres tenían la convicción de que hacer deporte era para tontos, de ahí mis michelines...
¿Por qué he tenido que decir eso? ¿Estoy pidiendo disculpas por mi cuerpo?
¿Café? No gracias, no podría dormir esta noche.  Ha estado bien, pero yo casi me retiraría ya, estoy súper cansado.
De todas maneras no podrás dormir. Recordarás cada instante de esta tarde, la piel de su espalda, los gestos de hombre deseado cuando se quitó la camiseta, qué torso, joder, parecía el David.  ¿Hace cuánto que no te empalmabas así? Y yo luchando por quitarme el pantalón sin caerme, con dignidad. Pero me tuve que ver en el espejo. Un hombre patético follándose un pájaro del paraíso. Alza los ojos, deja de mirar el plato. !Mírale por Diós! ¡Te está rogando que le mires! ¡No puedo, no puedo!  Está aquí por piedad, estoy seguro, no hay más que ver el gesto de la ceja.  !Quiero volver, volver y no salir nunca más de casa! 
¿Pedimos la cuenta?  Lo he pasado muy bien. ¿Incómodo? ¿Por qué habría de estarlo? No, no por favor, pagamos a medias. No te preocupes, la propina la dejo yo, que tengo cambio. 



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