LA ALDEA





Me evado de la vejez de mis padres yéndome a una pequeña aldea gallega en donde viven aún la madurez avanzada los padres de mi marido. Me engancho los auriculares para que la música de Keith Jarrett apague el murmullo omnipresente de la televisión, sin la que vivo hace ya unos once años en mi propia casa.  Me pregunto si podría vivir aquí y lo dudo.  Leo un libro sobre la España de Franco (porque fue suya, nos la robó a todos) y me doy cuenta de que esta gente seguiría viviendo aquí igual que ahora, si tuviera como gobernante de nuevo a un dictador.  No juzgo si ello sería mejor o peor, simplemente creo que la mayor parte de los habitantes lentos de este paisaje hermoso, se adaptarían como caracoles a la lluvia de un gobierno dictatorial, porque vivir, para ellos, es comer, dormir, criar hijos y nietos y tener la bolla de pan del país en la mesa cada día.

Pero probablemente me equivoco. Probablemente dentro de cada casa hubo y habría personajes rebeldes que se opondrían a su manera aldeana al dictador; porque la libertad es una piel que crece con unos desde que nacen, una vocación que en muchos es una voz dormida y en otros, es,  sin embargo, un estruendo que no deja vivir, un perro que ni nos deja ni se calla, que diría Hernández.  Y los seres libres habitan cualquier lugar del planeta, por pequeño y sumiso que parezca. 

Vuelvo a mi misma.  Busco mi rincón, mi cápsula de silencio musical para ser yo. La música me invade y me sujeta contra el muro que levanta aislándome de todo, como un amante prohibido y ansioso en un callejón sin testigos.

No puedo vivir sin música.  No puedo respirar sin música y por eso, si no puedo escucharla, la reinvento, la recupero en mi cerebro.  Amo la música desde los átomos de cada una de mis células, que se alborotan y transforman cuando la escuchan convirtiéndose en las notas mismas, como los pañuelos del mago se convierten en palomas blancas que agitan las alas frente a un público entregado.  Así por mi cerebro suben y bajan las escaleras fantásticas del piano de Jarrett y añoro una vida musical que ya no será o será con otra disposición atómica.  Mientras tanto me entrego a estos sonidos absolutamente y quisiera deshacerme en ellos y renacer en ellos.  Y me resuenan en la garganta, que es donde la emoción musical se me agolpa, una escalera de caracol por la que  suben los misterios sonoros como bandadas de vencejos desbocados.  De ahí saltan al vacío y se pierden dejándome el cerebro desconcertado, ahogándose en la belleza que acaba de atravesarlo como una flecha de luz.

Y vuelvo a la aldea y a la lluvia, agradeciendo a los dioses tener oídos, ojos, piel y olfato que funcionan.  Y he de reconocer una vez más, que la vida puede ser una moneda espléndida y hermosa, aunque oculte a veces una cuota de infierno en la otra cara.

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