Historia universal de la infamia

Setenta y una  personas murieron, hace un par de años, por asfixia en un camión frigorífico, cuando intentaban entrar en Europa, huyendo de la guerra de Siria. Este episodio se me ha quedado en la memoria macerando, buscando una estructura que lo justificara, un andamio de razón que sostuviera el horror. No lo he encontrado.

Cuando entonces lo leí, me quedé mirando la fotografía del camión frigorífico y me pregunté, ¿Cómo pueden caber setenta y una personas en un camión de ese tamaño?  A continuación me avergoncé de haber pensado eso, como si fuera un acertijo matemático y no la historia espantosa de 71 personas que debieron huir de un infierno para caer, definitivamente, en otro.

En mi casa, por lo menos habrá unas 70 personas ocupando 16 pisos, cada una con nombres y apellidos.  Algunos de los mayores, vivieron tiempos tan trágicos como los que han empujado a esta gente al abrazo mortal de la avaricia de los traficantes.   Uno ve las imágenes de los inmigrantes sirios intentando entrar en Macedonia y se da cuenta que la niña de unos siete años que llora de miedo, podría ser Cecilia, la más grande de las gemelas del primero, a quien siempre regañan sus padres porque debe ser un terremoto que no para; el hombre protegiendo a su hijo arrodillado delante de un policía, Ernesto el del 3ºD que trabaja en banca como administrativo y los domingos se va con su hijo a subir la montaña en bicicleta; la pareja de mediana edad bien podrían ser los dueños de la perfumería del pueblo, esos que van siempre cogidos de la mano, por más años que pasen, como si fueran novios adolescentes; la abuela a la que su nieto ha transportado hasta la frontera empujando una silla de ruedas inverosímil, podría ser Flora, que trabajó como una negra y conoció las penurias de la España Franquista y de posguerra en la que el hambre empujaba a cazar conejos, y cazarlos se castigaba con palizas en comisaría (los campos y sus conejos, eran de los señoritos). Flora, esa mujer sonriente, que ya casi ni me recuerda pero que de eso sí se sigue acordando, eso no se le olvida.  Y la mujer joven cuya mirada aterrorizada esconde la violación como arma de conquista, podría ser Estela, con sus dos hijos de 5 y 7 años que arman unos cónclaves en la terraza parloteando como loritos, pero se esconden detrás de las faldas de su madre como caracoles ofendidos si les saludas en la calle; el hombre de cincuenta, humillado y temeroso podría ser Agustín, el del bajo A, con su bulldog Nerón, pachón y bueno como pocos, al que su dueño adora, pero al que de vez en cuando le dan ataques de agresividad como si fuera un bipolar canino, que dejan a su dueño perplejo y suspicaz, dudando de lo único en el mundo que le ofrecía una lealtad sin límites.

  En fin, reunamos a toda esta gente, y ya de paso, invitemos a los del bloque de enfrente, si, a los del gato que vigila el barrio como una esfinge, a los de la televisión tamaño campo de fútbol, al marroquí del segundo que zurra a su mujer y que esconde una escopeta en el armario del dormitorio, a la viuda que se pasa las tardes jugando a las cartas en el casino de la plaza y al inglés que lleva más de diez años en España y daría su vida por un buen juego de palabras. Llamemos a todos sus portales y ya de paso, al nuestro. Salimos de nuestras casas decididos, nada puede ser peor que lo que ya vivimos. La semana pasada mataron a toda la familia de la calle Santa Rosa por haber abierto la puerta a uno que venía sujetándose el vientre abierto por una ráfaga de metralleta.  No hicieron más que abrir y el hombre se desplomó en su rellano.  A la mañana siguiente vinieron por todos.  No dejaron ni a la niña de seis años.  ¡No habían hecho más que abrir la puerta! No podemos vivir así.  Yo no puedo más. Tengo que sacar a mis niños de este horror, no quiero tener que morir o matar, sólo vivir una vida digna, como la que llevan los alemanes, los franceses, los ingleses.  ¿Por qué no? Dicen que hay barrios enteros de inmigrantes, gentes que han rehecho sus vidas allí.  No nos queda alternativa.  No quiero vivir esta caza de lobos.  Nos han asegurado que nos llevarán hasta Austria, los primos de Fernando lo consiguieron, me lo dijo su vecina.  Cuesta unos 5000 euros, depende de donde salgamos.  Pero nos han asegurado que llegar se llega. Luego lo demás será difícil, pero esto no hay quien lo aguante. Los bombardeos han dejado el barrio sin luz, sin agua, sin nada. Vivimos como animales. Antonio, el de la Carmen, que trabajaba de encargado en el Carrefour, dicen que pasó el otro día con varios milicianos y se cargó al padre de Silvia, así, sin más. Entró dando un patada a la puerta del piso y al ver un hombre disparó. Lo conocía desde que era niño. No tiene sentido. El mundo se ha vuelto loco. Jamás imaginé que podíamos terminar así, nosotros que vivíamos en un país tranquilo y en donde se vivía bien. ¡Hay que intentarlo, por lo menos intentarlo! Cuando nos vean llegar entenderán, tienen que entender que venimos de un infierno. Nos dejarán pasar, ya lo verás. Tengo un contacto que nos puede llevar hasta Austria y de allí me han dicho que nos llevarán en un camión hasta Alemania.  Voy a pagarle lo último que nos queda. Hay que arriesgarse. Díselo a tu mujer y confírmame si vais a venir. Yo ya no lo dudo más. Quiero vivir.

Saquemos a Flora, Cecilia, Agustín, Ernesto, David, Concha, Carmen, Ana, y Lorenzo y a todos los abuelos, hijos, hermanos, maridos y parientes varios de sus casas,  y después de hacerles padecer innumerables miserias atravesando fronteras y desprecios, agotados, arruinados, desesperados y humillados; invitémosles a subirse en un camión frigorífico y una vez habiendo entrado, cerremos el cerrojo de la puerta.  

Intento hacer este ejercicio de imaginación pero no alcanzo, ni rozo siquiera, la tragedia.

Tal vez el conductor esa noche se tragó el partido de fútbol de la temporada, tomándose una cerveza en la habitación de turno; tal vez censuró todo acto de empatía centrándose únicamente en los beneficios que iba a conseguir del viaje; tal vez se le estropeó el vehículo en mitad de la carretera y el pánico le hizo abandonar a su suerte a los seres humanos que llevaba hacinados como palitos de cangrejo. O tal vez borró simplemente la mirada de todos los que se habían subido trabajosamente a su vehículo y se convenció a sí mismo de que no eran sino carne de res, abierta y preparada, lista para su distribución en los grandes supermercados europeos. 

No sé. Lo que sí es seguro, es que en algún lugar de la travesía, un hombre paró un camión, sacó la llave del contacto y se bajó, dejando a 71 hombres, mujeres y niños en un vagón sin aire, cerrado a cal y canto.

Con ese acto banal y cotidiano, se volvieron a abrir las puertas de Treblinka.









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